En la cima de una montaña, yace un árbol solitario, mediano, y seco, expuesto al ineludible rose del aire, alterando a su vez, la fluidez de este.
El árbol ha visto las obras provenientes de las ambiciones humanas, y las retribuciones encolerizadas de la naturaleza.
Ha estado allí por incontables lustros, siendo testigo de las implacables tormentas y los soles abrasadores, que han fertilizado y sofocado los cultivos y los rios, que desde un polo opuesto le nutren. En las mañanas ha disfrutado de la frescura del prado, y en la noche a guarecido en la oscuridad, permitiendo a la luna iluminar senderos recónditos y surcos celestes, que exponen ante la tierra ya profanada, el firmamento y sus constelaciones.
El árbol está más vivo que nuestras propias carnes, pues ha sido procaz con la neblina matutina, y cobarde ante las brisas nocturnas, que le despojan de sus hojas marrones y naranjas.
el árbol es acaso el ejemplo más bello de paciencia, que se ve reflejada en su copa, que ha vivido tanto como sus raíces, y como nuestras generaciones anteriores, y pese a su casi nula frondosidad, está allí prohibiendo a la luz escabullirse por entre sus ramas.
Atisba la presencia fantasmagórica de los búhos y las aguiluchas que esbozan vestigios de su presencia en su corteza, con sus garras y sus picos, para después emprender un aleteo, que absortamente, solo percibe el árbol.
¿Hay una analogía entre el árbol y el hombre?, como que el hombre vive gracias a sus venas, y el árbol gracias a sus raíces, o tal vez que sobre él se posan las aves, y sobre nosotros los fantasmas.
El árbol yace allí solitario, sin un ápice de suspicacia, a la espera de un espectro que a su sombra decida pernoctar.